- A ver princesa, dime de nuevo, ¿ Cómo te llamas? - Ma-la-ne-na – respondió la niña. - No mi hijita. Escucha es así: Mag-da-le-na vámos inténtalo otra vez. - Ya no quero, eres un papá malo! Yo me llamo Malanena y tu dices nombre feo. La niña vestida de un blanco purísimo, que iluminaba su lindo cabello, la naricita respingada y los labios rosados. Salió de la sala corriendo, dejando caer una que otra lágrima sobre el suelo alfombrado. - Mali ya es hora, despierta! Los ojos legañosos de Mali divisaban a través de la sucia ventana las luces naranja y radiantes de los postes de luz que marchaban ordenados en la conocida avenida limeña que sufría la oscuridad de una tarde otoñal, tan nostálgica como su vida, como su presente. Volteó hacia la habitación y se sentó. Los zapatos negros de taco nueve estaban tirados en el piso muy cerca de la vieja mesita de noche, mientras que el improvisado colgador, que en realidad era una silla medio rara, llevaba una minifalda exageradamente sexy acompañada de un polo blanco, pequeño traslúcido y algo arrugado. - ¿ Qué haces ahí sentadota? . Vamos ya Mali olvídate de ese tipo de anoche. Además te pagó bien, ¿ no?. Su cabello ondulado flotaba en la atmósfera cargada de aroma a sexo y maquillaje, mientras se dirigía a la puerta del baño llevando el diminuto traje que antes había descansado en la silla. Mali sabía que iba a verlo ahora, otra vez, esa noche. Lo había visto llorar de desesperación algo excitado y bastante impotente en el cuarto de luces tenues y sensuales como la minifalda que llevaba puesta y que tantas veces ya se había quitado en una habitación de hotel. Se acordó de su barba abundante y sus ojos verdes claros. Vestido formalmente, con un saco negro que ocultaba varios kilos de sobrepeso. Aquel hombre había llorado casi inconsolablemente. El buen trato de Mali lo había calmado después de algunos minutos. Había pasado tanto tiempo que él no se daba cuenta de nada, su mente solo se preocupaba en que se le pare y en dejar de sollozar. Ya tranquilo, se retiró del cuarto, dejando en la cama una suma de dinero mucho mayor que la acordada. Mali abrió la llave de la ducha y pisó con sus pies descalzos en el metro cuadrado de mayólica que hacía bastante tiempo que había dejado de ser blanca. Entró en la lluvia artificial de agua fría para que cayera sobre su piel dejándola limpia, dejándola pensar. Iba a verlo otra vez. No sabía qué iba a suceder esa noche. El había requerido nuevamente sus servicios, dispuesto a superar su impotencia ante una joven bella, a sentirse de nuevo un verdadero hombre, a dejar de ser la mierda que era desde hace tiempo. Cerró los ojos mientras el shampoo recorría sus cabellos teñidos de negro dejando un suave aroma a flores. Un poco de jabón acariciaba su cintura y las gotas que parecían caer del cielo se confundían con una que otra lágrima en el rostro de Mali. - ¿Ya? Mira si Ricardo me grita otra vez por llegar tarde y me descuenta es culpa tuya , eh? Salió con el cabello mojado y usando la sexy minifalda, el polo pequeño, aun mas pequeño muy entallado, en su figura, tanto que no se notaba que había estado arrugado. Los zapatos taco nueve se dirigían a la salida del departamento y un suave maquillaje adornada su rostro. Mali dejó el departamento dispuesta a ser sincera esa noche. Más tarde, en la habitación del mismo hotel de la vez anterior, padre e hija se miraron sin saber qué decir. Magdalena había hablado. |
13 mayo 2005
Malanena
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