distribuido lentamente
malescrito
maldicho y maldito
solo puedo buscarte.
No t encuentro
cada una de mis partes te busca pero no razona
solo cuestiona
cada vez que te acongojas y t introduces en mi regazo,
tan solo me siento un pedazo de almohada tuya.
No vayas a dudar no te estoy
re-cla-man-do
dos puntos aparte
tan solo quiero
un punto y guion
entre comas
un espacio en tu cuerpo.
26 octubre 2009
10 octubre 2009
gato y lobo
Nunca me gustaron los gatos. De pequeño solía maltratarlos tirándolos al agua o subiendo al segundo piso para ver cómo caían de pie despues de hacer acrobacias durante el trayecto de mis manos al suelo de parquet del patio de la casa de mi abuela. Mi tía decía que yo era un niño cruel, tenía cuatro años creo. No recuerdo mis razones exactas para tal maltrato.
Mi ultraquerido y frecuentemente visitado Julio sentía una muy arraigada afición por los gatos. Aunque yo no llamaré exactamente afición sino mas bien cariño, ese que uno siente por algo cuando halla cierto parecido o identidad.
Cortazar tenía un gato llamado “Teodoro W. Adorno”, nombre del filósofo y sociólogo alemán. Este ser felino aparece mencionado en muchas partes o de sus cuentos o de sus novelas, como por ejemplo en los capítulos 43 y 59 de “Rayuela” o en Fragmento de “El Diario de Andrés Fava”, publicado póstumamente en 1995. O en el pasaje de “Último round” (1969) titulado “La entrada en religión de Teodoro W. Adorno”. O en “Orientación de los gatos” en “Queremos tanto a Glenda” (1980), o en “Más sobre filósofos y gatos” (donde cuenta porque le puso a su gato “Teodoro W. Adorno”) en “La vuelta al día en ochenta mundos” (1967), etc.
Después tuvo otro gato, más bien gata, llamada Franelle (franela) la cual no trasciende mucho en su literatura al menos. Lo curioso - al menos para mí - es que Cortázar no era el único. Muchos escritores suelen tener gatos para alentar las noches de insomnio con sus presencias silenciosas, Cortázar dormía en un lecho de gatos, igual sintonía hallaba Borges con el suyo. Dudo que Poe no haya cedido al este vicio.
Yo deseo hallar un gato, uno humano, quizá en mí mismo o en otra persona. Por ahora los prefiero lejos de mí. Aunque también es gracioso que me sigan los ratones y no me teman.
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